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Nadie te ama como yo – Martín Valverde

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Letra y video musical de la canción “Nadie te ama como yo” de Martín Valverde

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Cuánto he esperado este momento,
cuánto he esperado que estuvieras así.
Cuánto he esperado que me hablaras,
cuánto he esperado que vinieras a mi.

Yo sé bien lo que has vivido,
yo se bien porqué has llorado;
yo se bien lo que has sufrido
pues de tu lado no me he ido.

Pues nadie te ama como yo,
pues nadie te ama como yo;
mira a la cruz, esa es mi más grande prueba.
Nadie te ama como yo.

Pues nadie te ama como yo,
pues nadie te ama como yo;
mira a la cruz, fue por ti,
fue porque te amo.
Nadie te ama como yo.

Yo se bien lo que me dices
aunque a veces no me hablas;
yo se bien lo que en ti sientes
aunque nunca lo compartas.

Yo a tu lado he caminado,
junto a ti yo siempre he ido;
aún a veces te he cargado.
Yo he sido tu mejor amigo.





Salmos para orar en la enfermedad y sufrimiento

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Salmos para orar en la enfermedad y sufrimientoEl hombre ha sido llamado a la alegría, sin embargo carga cotidianamente múltiples formas de dolor y sufrimiento. Y son los enfermos la más clara y frecuente fuente del sufrimiento humano, por esa razón a continuación he recopilado algunos de los Salmos más significativos para leer cuando la enfermedad y el dolor llegan a nuestra vida. En sus palabras, por si mismos, son enormes causes de amor, paz y esperanza en Dios.

Súplica del enfermo grave – Salmo 6

2 Señor, no me reprendas en tu ira, ni me castigues si estás enojado. 3 Ten compasión de mí que estoy sin fuerzas; sáname pues no puedo sostenerme. 4 Aquí estoy sumamente perturbado, y tú, Señor, ¿hasta cuándo?… 5 Vuélvete a mí, Señor, salva mi vida, y líbrame por tu gran compasión. 6 Pues, ¿quién se acordará de ti entre los muertos? ¿Quién te alabará donde reina la muerte? 7 Extenuado estoy de tanto gemir, cada noche empapo mi cama y con mis lágrimas inundo mi lecho. 8 Mis ojos se consumen de tristeza, he envejecido al ver tantos enemigos. 9 Aléjense de mí, ustedes malvados, porque el Señor oyó la voz de mi llanto. 10 El Señor atendió mi súplica, el Señor recogió mi oración. 11 ¡Que todos mis contrarios se confundan, y no puedan reponerse, que en un instante se corran, llenos de vergüenza!

Acción de gracias después de una grave enfermedad – Salmo 30

2 Te alabaré, Señor, porque me has levantado y muy poco se han reído mis contrarios. 3 Señor, Dios mío, clamé a ti y tu me sanaste. 4 Señor, me has sacado de la tumba, me iba a la fosa y me has vuelto a la vida. 5 Que sus fieles canten al Señor, y den gracias a su Nombre santo. 6 Porque su enojo dura unos momentos, y su bondad toda una vida. Al caer la tarde nos visita el llanto, pero a la mañana es un grito de alegría. 7 Cuando me iba bien, decía entre mí: “Nada jamás me perturbará”. 8 Por tu favor, Señor, yo me mantenía como plantado en montes poderosos; apenas escondiste tu rostro, vacilé. 9 A ti clamé, Señor, a mi Dios supliqué. 10 “¿Qué ganas si me muero y me bajan al hoyo? ¿Podrá cantar el polvo tu alabanza o pregonar tu fidelidad? 11 ¡Escúchame, Señor, y ten piedad de mí; sé, Señor, mi socorro! 12 Tú has cambiado mi duelo en una danza, me quitaste el luto y me ceñiste de alegría. 13 Así mi corazón te cantará sin callarse jamás ¡Señor, mi Dios, por siempre te alabaré!

Oración confiada en un momento de angustia – Salmo 31

2 A ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado: ¡tú que eres justo, ponme a salvo! 3 Inclina tu oído hacia mí, date prisa en librarme. Sé para mí una roca de refugio, el recinto amurallado que me salve. 4 Porque tú eres mi roca y mi fortaleza; por tu nombre me guías y diriges. 5 Sácame de la red que me han tendido, porque eres tú mi refugio. 6 En tus manos encomiendo mi espíritu, y tú, Señor, Dios fiel, me librarás. 7 Aborreces a los que adoran ídolos vanos, pero yo confío en el Señor. 8 Gozaré y me alegraré de tu bondad porque has mirado mi aflicción y comprendido la angustia de mi alma; 9 no me dejaste en manos del enemigo, me has hecho caminar a campo abierto. 10 Ten piedad de mí, Señor, pues estoy angustiado; mis ojos languidecen de tristeza. 11 Mi vida se consume en la aflicción y mis años entre gemidos; mi fuerza desfallece entre tanto dolor y mis huesos se deshacen. 12 Mi enemigo se alegra, mis vecinos se horrorizan, y se espantan de mí mis conocidos: si me ven en la calle, se alejan de mí. 13 Se olvidaron de mí, como de un muerto, soy como un objeto inservible. 14 Oigo los cuchicheos de la gente, y se asoma el terror por todas partes. Se unieron todos en mi contra, tramaron arrebatarme la vida. 15 Pero yo, Señor, confío en ti, yo dije: Tú eres mi Dios. 16 Mi porvenir está en tus manos, líbrame de los enemigos que me persiguen. 17 Que sobre tu servidor brille tu rostro, sálvame por tu amor. 18 A ti clamé, Señor, no sea confundido; confundidos sean los impíos, lánzalos a la mansión del silencio. 19 Enmudece los labios embusteros, que hablan insolencias contra el justo con orgullo y desprecio. 20 Qué bondad tan grande, Señor, es la que reservas para los que te temen. Se la brindas a los que en ti esperan, a la vista de los hijos de los hombres. 21 En secreto, junto a ti los escondes, lejos de las intrigas de los hombres; los mantienes ocultos en tu carpa, y los guardas de las querellas. 22 Bendito sea el Señor, su gracia hizo maravillas para mí: Mi corazón es como una ciudad fuerte. 23 Yo decía en mi desconcierto: “Me ha arrojado de su presencia”. Pero tú oías la voz de mi plegaria cuando clamaba a ti. 24 Amen al Señor todos sus fieles, pues él guarda a los que le son leales, pero les devolverá el doble a los soberbios. 25 Fortalezcan su corazón, sean valientes, todos los que esperan en el Señor.

Súplica de un enfermo que se reconoce culpable – Salmo 38

2 Señor, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues si estás indignado. 3 Pues tus flechas en mí se han clavado, y tu mano se ha cargado sobre mí. 4 Nada quedó sano en mí por causa de tu ira, nada sano en mis huesos, después de mi pecado. 5 Mis culpas llegan más arriba de mi cabeza, pesan sobre mí más que un fardo pesado. 6 Mis llagas supuran y están fétidas, debido a mi locura. 7 Ando agobiado y encorvado, camino afligido todo el día. 8 Mi espalda arde de fiebre y en mi carne no queda nada sano. 9 Estoy paralizado y hecho pedazos, quisiera que mis quejas fueran rugidos. 10 Señor, ante ti están todos mis deseos, no se te ocultan mis gemidos. 11 Mi corazón palpita, las fuerzas se me van, y hasta me falta la luz de mis ojos. 12 Compañeros y amigos se apartan de mis llagas, mis familiares se quedan a distancia. 13 Los que esperan mi muerte hacen planes, me amenazan los que me desean lo peor, y rumian sus traiciones todo el día. 14 Pero yo, como si fuera sordo, no oigo; soy como un mudo que no abre la boca, 15 como un hombre que no entiende nada y que nada tiene que contestar. 16 Pues en ti, Señor, espero; tú, Señor mi Dios, responderás. 17 Yo dije: “Que no se rían de mí, ni canten victoria si vacilan mis pasos”. 18 Ahora estoy a punto de caer, y mi dolor no se aparta de mí. 19 Sí, quiero confesar mi pecado, pues ando inquieto a causa de mi falta. 20 Son poderosos mis enemigos sin causa, incontables los que me odian sin razón. 21 Me devuelven mal por bien, y me condenan porque busco el bien. 22 ¡Señor, no me abandones, mi Dios, no te alejes de mí! 23 ¡Ven pronto a socorrerme, oh Señor, mi salvador!
Salmos para orar en la enfermedad y sufrimiento





Vida y Obra de San Antonio de Padua

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Vida y Obra de San Antonio de PaduaSan Antonio de Padua nació en Lisboa el 15 de agosto de 1195, con el nombre de Fernando de Bulhões, en el seno de una familia pudiente descendiente del cruzado Godofredo de Bouillon, y murió en Padua el 13 de junio de 1231.

Uno de los santos que más se han granjeado el corazón y la estima del pueblo cristiano es San Antonio. Llámasele, según famosa frase de León XIII, “el santo de todo el mundo”; pero es conocido, amado e invocado preferentemente por el pueblo humilde, que ha vislumbrado en él al dispensador de los tesoros celestiales y al protector decidido de los intereses de los pobres. La historia, principalmente la más antigua biografía del Santo paduano, conocida por el nombre de Assidua, nos da en síntesis una perfecta semblanza del mismo.

Escasas e imprecisas son las noticias de los primeros biógrafos sobre la cuna e infancia del Santo. Ninguno de ellos señala el año de su nacimiento, que, por conjeturas y deducciones, los autores modernos fijan entre los años 1188 y 1191. Según el más antiguo biógrafo, nació en Lisboa, “ciudad situada en los confines de la tierra”, en una casa que poseían sus padres cerca y al norte de la catedral, en cuyo baptisterio recibió las aguas bautismales a los ocho días de su nacimiento, imponiéndosele el nombre de Fernando. Sus años juveniles deslizáronse en el seno de la familia, convertido en el hechizo de sus padres, por ser el primogénito y por aparecer dotado de índole buena, probidad e integridad de costumbres. Desde su más tierna edad profesó una especial devoción hacia la Virgen Santísima, a la cual se consagró y escogió por institutriz, guía y sostén de su vida y muerte. El historiador Surio dice de él que visitaba a menudo las iglesias y monasterios de la ciudad y que era compasivo con los pobres, a quienes socorría en sus necesidades.

Juntamente con la educación religiosa proveyeron sus padres a la educación intelectual de su hijo, al confiarle a los desvelos del maestrescuela de la catedral, para que lo iniciara en los rudimentos de la gramática, retórica, música, aritmética, geografía y astronomía, materias que constituían el plan de estudios de las escuelas catedralicias de aquel tiempo.

Dicen sus biógrafos que San Antonio de Padua fue acometido en su juventud por la violencia de las pasiones; pero añaden que el “casto joven nunca, ni por un instante, se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer”. Estas crisis pasionales que asaltan a la juventud, y que para muchos jóvenes son el principio de una vida de pecado, fueron para San Antonio de Padua la piedra de toque que le movió a encauzar su vida por otras sendas que estuvieran al abrigo del demonio de la impureza. De ahí su decisión de ingresar en el monasterio de San Vicente de Fora, situado en las afueras de Lisboa, sobre una pequeña colina, y habitado por hombres honorabilísimos por su piedad.

Dos años moró  San Antonio de Padua en el monasterio de San Vicente, hasta que, a causa de las frecuentes visitas de familiares y amigos que le impedían la paz y recogimiento, decidió pedir su traslado a la casa madre de Coimbra, en donde ingresó a los diecisiete años de edad. Aquí llevó una vida tan fervorosa que los antiguos biógrafos aseguran que en este tiempo escaló Fernando las cimas de la santidad. Al intenso trabajo espiritual acompañaba siempre el estudio, que consideraba como complemento y perfección de su vida de piedad. Aunque muy amplios, sus estudios tendían exclusivamente al conocimiento más perfecto de la Sagrada Escritura.

Atendiendo al ambiente político-religioso del monasterio de Santa Cruz durante los tiempos en que moró allí  San Antonio de Padua, sacamos la conclusión de que su santidad y ciencia fueron más bien producto de su esfuerzo personal y de la gracia que imposiciones del medio ambiente. En una atmósfera de luchas, intrigas y defecciones dolorosas vivía el joven Fernando entregado a la oración y al estudio. La virtud se robustece en la adversidad, y, lejos de escandalizarse por la conducta equívoca de algunos prohombres del monasterio, se impuso una vida más intensa de espiritualidad. Sin embargo, más de una vez soñó en la posibilidad de abrazar otro género de vida más perfecto y más al abrigo del mundanal ruido. La vida simple de los pobrecillos hijos de San Francisco de Asís del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra, le atraía irresistiblemente. Tuvo Fernando su primer contacto con dichos frailes al hospedarse en el monasterio los protomártires franciscanos de Marruecos, a su paso por Coimbra en dirección a Africa. Además, los frailes de Olivares acudían al monasterio en busca de limosna, a los que atendía el joven monje, que, según testimonio de Azevedo. tenía a su cargo la hospedería.

A este cenobio fueron después traídos los cuerpos de los protomártires de Marruecos. ¿Qué impresión producirían en el ánimo de Fernando los despojos mortales de aquellos intrépidos soldados de la fe? Despertaron en él el deseo de consagrarse al apostolado entre infieles y morir mártir de Cristo. Era imposible realizar sus sueños mientras permaneciera en Santa Cruz de Coimbra, porque el monasterio no tenía en su programa de vida las misiones entre infieles y sólo podía llevarlo a cabo en el supuesto de profesar en una Orden como la franciscana; pero para efectuar este tránsito debía contar con la autorización de los superiores de ambas Ordenes.

Un día, según costumbre, los frailes de San Antonio de Olivares acudieron al monasterio en busca de limosna y Fernando, en secreto, les contó su propósito, diciéndoles: “Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra Orden si me prometierais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires”. Los frailes le dieron palabra y fijaron para la mañana siguiente el ingreso en la Orden franciscana. Aquella noche, según el biógrafo más autorizado, arrancó Fernando a duras penas y a base de muchos ruegos el permiso del prior del monasterio. Con el fin de vencer dificultades de parte de sus familiares y de algunos monjes de Santa Cruz se convino en cambiar su nombre de Fernando por el de Antonio, que era el titular del eremitorio donde residían los franciscanos, y en mandarle cuanto antes a tierra de infieles. La ceremonia de la imposición de hábito al nuevo candidato fue rápida y sencilla, por razón de que el prior, el monasterio, la diócesis y todo el reino estaban en entredicho por el arzobispo de Braga, y, según el derecho, se prohibía la celebración pública de la santa misa y del oficio divino.

Vida y Obra de San Antonio de Padua





Oración de consagración al Sagrado Corazón de Jesús

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Oración de consagración al Sagrado Corazón de Jesús¡Señor mío y Dios mío Jesucristo!
adoro reverentemente tu corazón
inflamado de amor y herido
por nuestros pecados,
quiero ratificar cada día
mi consagración bautismal a ti
y servirte fielmente según ella por amor.

Me uno a tus designios de redención y salvación
y quiero hacer del sacrificio de la cruz y de la misa
el centro de mi vida, que me impulsen
a crecer en tu amor y cooperar a la expansión de tu reino
en nuestra patria y en el mundo entero.

¡Oh Jesús, vivo y glorioso en el cielo y en el Sagrario!
me entrego del todo a ti y confío plenamente en ti
todos los momentos de mi vida
y sobre todo en la hora de mi muerte
que acepto humildemente desde este momento
como la mayor muestra de acatamiento
y gratitud al amor de tu corazón.

¡Oh corazón de Jesús me entrego a ti
por manos de tu madre!
espero que no quedará frustrada mi esperanza
Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.





Perdón Amor – Padre Ignacio Larrañaga

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Talleres de oración y vida

Perdón Amor - Padre Ignacio LarrañagaFue una noche de luna llena, pero también una noche de gritos, sudor, sangre y lagrimas según los evangelios allá en el olivar. El problema no era si Jesús moría o no moría, sino si moría voluntariamente. El Señor de la historia, el Padre, había permitido que el hijo fuera eliminado de aquella manera y a aquella edad, y el hijo después de gritar y llorar, sudando sangre, aceptó aquella voluntad y se entregó sin violencia a la violencia de los hechos, abandonándose en silencio y paz en las manos de quien permitió su martirio y del gran combate surgió la gran victoria.

El combate (agonía, que eso es lo que significa) había sido entre lo que Yo quiero y lo que quieres Tu. Tomó Jesús a los tres confidentes y delante de ellos comenzó a sentir horror y angustia y les hizo esta terrible confesión “Siento tristeza de muerte” o “Me muero de tristeza”. Se apartó de ellos y caído en tierra decía: “Papá querido todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz, pero si no es posible, no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tu”. Una noche oscura se había apoderado del alma de Jesús, le parecía que el Padre estaba lejos o simplemente no estaba. Como no había consolación divina, buscó consolación humana. Se levantó, se fue donde ellos estaban y los encontró dormidos. “Estén despiertos y oren” les advirtió.

Los dejó, regresó a la soledad y entrando en agonía oraba más angustiosamente repitiendo las mismas palabras “aparta de mí este cáliz, pero si no es posible que pase de mí este cáliz sin que yo lo beba, no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tu”. La gran crisis estaba en su apogeo. En su terrible soledad, de nuevo buscó Jesús un poco de consolación volviendo a sus tres confidentes. Vana ilusión, seguían dormidos, nada les dijo, regresó al lugar de la agonía repitiendo “si no es posible que pase de mi este cáliz sin que yo lo beba, no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tu”. Volviendo a repetir las mismas palabras: “hágase, hágase”.

Se levantó por tercera vez y se fue de nuevo a donde ellos estaban, pero esta vez les dijo resueltamente, “Basta ya, llegó la hora. Levántense y vámonos” como si dijera “basta de vacilaciones, basta de reclamos, basta de lagrimas, basta de miedos, basta de angustias y protestas, basta de quejas y cobardías, llegó la hora, la hora de la resolución y de la entrega, levántense y vámonos” Y emprendió la peregrinación del dolor y amor hacia la muerte, y avanzó silenciosamente pero resueltamente, con la mirada fija en la voluntad del Padre, sin un gesto de amargura, vestido de serenidad y paz hasta el final.

Para todos ustedes llegó también la hora, la hora del “basta ya”. Ya lloraron bastante, ya pasaron demasiadas noches sin dormir, ya echaron las culpas a medio mundo, ya reclamaron demasiado, ya dieron rienda suelta al rencor, a los impulsos de venganza, basta ya, basta de quejas, basta de llantos, basta de reproches, basta de echar las culpas a los demás, basta de reclamar contra Dios. Llegó la hora, la hora de callar, de silenciar la mente, reclinar la cabeza, extenderle un cheque en blanco y quedarse abandonados en sus manos en silencio y paz.

Continúa en el video…

http://www.youtube.com/view_play_list?p=C100C516E34D516F

Otras entradas del padre Ignacio larrañaga





Conversión: de testigo de Jehová a Católico

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Testimonio de conversión de Antonio Carrerra

Conversión de testigo de Jehová a CatólicoFui católico durante los primeros 28 años de mi vida y, a partir de 1961, fui un enemigo enconado de ella, al hacerme testigo de Jehová. Permanecí 13 años encadenado a esta secta y ocupé en ella altos cargos de dirigente. Fui miembro del Comité de la Congregación, superintendente de campo, siervo de la escuela, conferenciante…

El primer contacto con los “testigos” suele ser deslumbrador. Te ofrecen ingresar a un mundo en el que todas las personas son excelentes, bondadosas y amorosas en grado máximo. En las primeras reuniones te aturden con tanto saludo y amabilidades, pero esto dura poco tiempo. Después, nadie se preocupará de ti, a no ser para ver si faltas a las reuniones o si no haces el trabajo de visitar hogares y ofrecer su literatura.

Desde el principio, te llenarán la cabeza de folletos y revistas de la secta, cobrándotelos naturalmente. Un miembro de la misma te instruirá semanalmente para que aceptes todas sus enseñanzas, aunque sean tales como dejar morir a un familiar antes de ponerle transfusión de sangre o tener odio contra toda religión y gobierno. En las cinco horas de reunión semanal, aparte de lo que estudies en tu casa, te inculcarán predicar más y repartir más libros, porque el fin del mundo está cerca y sólo se salvarán los que sean testigos. Yo vendí 4.800 libros y revistas, trabajé unas 3.600 horas.

Ellos dicen que son profetas (Atalaya, año 1962/212/15). Pero son falsos, porque en sus mismos libros de años atrás anunciaban el fin del mundo, que nunca llegó. Ante tantos errores, cambios e incumplimientos de profecías, nunca van a decir que se equivocaron, sino que Dios les está revelando las cosas progresivamente. Pero una cosa es revelación progresiva y otra revelación contradictoria. Conversión: de testigo de Jehová a Católico





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