La Fe Católica

Testimonios de Vocación Religiosa

Testimonios de vocación religiosaLa vocación religiosa

La vocación religiosa es un misterio de amor entre un Dios que llama y un ser humano que le responde libremente y por amor. La vocación es un misterio de elección divina. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure (Jn 15,16). Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía y, antes que nacieses, te tenía consagrado (Jer 1, 5).

Testimonios del llamado a la vocación

Yo tenía 23 años, cuando decidí alejarme completamente de Dios y de la Iglesia. No podía creer en la existencia de Dios. Si Dios existía, no podía existir el dolor. Sin embargo, busqué la ayuda sincera de algunas personas, incluso sacerdotes, pero no encontré una respuesta satisfactoria. Todos me decían: Reza, pidiendo fe. Pero yo no podía rezar, porque no tenía fe. Así que abandoné la Iglesia, me olvide de Dios y me dediqué a la música, que era lo único que me interesaba en aquel momento.

Pero un día, al cumplir mis padres 30 años de casados, querían que todos sus hijos comulgaran. Yo no sabía qué hacer, quería quedar  bien con mis padres para no hacerles sufrir, así que a última hora me fui a confesar. Me emocioné un poco al comulgar, aunque no lo quería admitir. Ese mismo día, compré los evangelios y comencé a leerlos. Lo hacía a la hora de la siesta para que nadie me viera. Leía de corrido, porque deseaba terminar cuanto antes. Leí los tres primeros evangelios sin que sintiera nada especial, pensaba que todo era muy bonito y que eso había sucedido en tiempos de Jesús, pero que eso no cambiaba mi vida ni mi dolor de hoy. Sin embargo, llegué a San Juan y en el capítulo 14, cuando leí: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…, algo se transformó dentro de mí. No pude seguir leyendo, sólo veía: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. Pero ya no eran sólo las palabras, era una voz que me hablaba fuerte al corazón y que mis oídos escucharon y que me decían lo mismo. Caí allí mismo de rodillas. Había encontrado a Dios. Dios me había salido al  encuentro y yo lo amaba y Él me amaba. Las lágrimas brotaron abundantes, lágrimas de arrepentimiento y de amor. Esa misma tarde fui a hablar con el sacerdote. Él esperaba mis preguntas, mis dudas, pero yo no tenía dudas ni preguntas. Dios ya me había respondido.

Así comienza mi pequeña historia de amor que no terminará sino en el cielo. Comprendí que de ahí en adelante debía vivir de fe y creer por lo que no había querido creer. A los pocos meses, entré en el convento. Y ahora quisiera dar hasta la última gota de mi sangre para que un alma descarriada se encuentre con Dios. Amo a Dios con todas las fibras de mi corazón y soy feliz.

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Nací un día de mucho frío en una gran ciudad de Alemania. Mis padres eran protestantes  y me bautizaron en la Iglesia evangélico-luterana. Durante varios años, canté los domingos en la  iglesia, y durante la semana ayudaba a un grupo de niños que dirigía una diaconisa. A los 15 años, recibí  la confirmación.

A partir de entonces, empecé a cuestionarme mi fe y me hacía muchas preguntas sobre la Biblia. El pastor trataba de darme explicaciones, pero yo no me sentía convencida. A los 20 años comencé a estudiar Sicología en un ambiente dominado por sectas orientales, gurus y métodos de meditación. Me inicié en la meditación transcendental. Practiqué el yoga. Muchas veces, hacía ayuno a solo agua… Conocí a una monja budista, que enseñaba raya-yoga, y todos los días iba en bicicleta a hacer con ella la meditación para conseguir la purificación total y llegar a la unión con Dios.

Un día tuvimos en un cine un gran encuentro con un famoso gurú de la India. Tenía unos 70 años, barba blanca y hablaba en inglés. Venían con él muchos acompañantes, discípulos y admiradores. En la pared del fondo habían colocado su retrato y todos le aplaudían mucho. A uno de los Directores le dije: Aquí no seguimos a Cristo. Me contestó: El camino de Cristo es el camino estrecho,  nosotros vamos por la autopista y con la meditación del gurú llegamos primero. Todos parecían hipnotizados y yo empecé a orar: Cristo es más fuerte que tú, Cristo es más fuerte que tú. De pronto, el retrato del gurú cayó a tierra y se hizo añicos. Yo me reí de puro gusto y me retiré para siempre de aquellos grupos.

Comencé a leer la Biblia y cada vez sentía más fuerte en mi corazón el deseo de amar a Cristo, repitiendo las palabras Cristo-Amor… Viajé a Italia y, como no tenía dinero, me alojé en la Casa de las religiosas de la Santa Faz, una Congregación dedicada al cuidado de los ancianos  e impedidos. Estuve con ellas dos años, asistía con ellas a la oración y allí empezó el cambio de mi conversión a la fe católica, con la ayuda de un sacerdote y del obispo. Ellos me prepararon y un día, en una misa, después de mi confesión, hice mi profesión de fe y recibí la comunión. Mi alegría fue inmensa. Había encontrado el Amor. A partir de esa fecha, cuando pasaba delante de una iglesia, no podía dejar de saludar a Jesús y decirle: Jesús te amo.

Poco a poco, pensé en dedicar mi vida a Jesús. Hice mis primeros votos en la fiesta de Pentecostés de 1987; y mis votos perpetuos en junio de 1990. Me gusta pintar y lo hago con mucho amor, tratando de reflejar las maravillosas bellezas de Dios. Mi salud es frágil, pero todo se lo ofrezco al Señor por los sacerdotes y la unidad de la Iglesia.

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Nací el 25 de agosto de 1971 en Xalapa, México. Un día estaba admirando  una de las grandes maravillas del mundo, el Taj Mahal de la India, cuando por primera vez me pregunté sobre el sentido de mi vida y para qué me había creado Dios. Aunque yo estaba de turista, sentí tristeza al ver a aquellos buenos hombres que con su buena voluntad, sus ofrendas y sus cantos, no conocían a Cristo. ¡Reverenciaban vacas y buscaban ser buenos en la vida para ver si podían reencarnarse en una vida mejor! Entonces, me di cuenta de que mi vida no era sólo para vivirla yo, sino  también para hacer algo por los demás.

Fuimos a Calcuta, lugar de mucha pobreza: niños muriendo de hambre, leprosos pidiendo ayuda, mujeres abandonadas, enfermos… Este segundo factor reforzó esa inquietud de hacer algo por los demás. No podía ser igual después de aquel viaje y aquellas experiencias. Entonces tenía 18 años.

Al terminar el año de estudio de francés en Suiza, comencé la carrera de mercadotecnia en el Tecnológico de Monterrey. Me involucré en varios proyectos de acción social, estuve en la mesa directiva del Tecnológico. Empecé a salir con chicos, pero sinceramente nadie me llenaba, hasta que conocí a uno que compartía los mismos intereses e ideales que yo. Nos hicimos novios y, al ver que la relación se iba formalizando, recordé que un día le había prometido a Dios darle un año de mi vida. Sabía que ése era el momento. Se lo conté a mi novio y él me apoyó incondicionalmente, pero acordamos formalizar la relación antes de que yo me fuera.

La experiencia de ese año, ofrecido a Dios, fue muy enriquecedora. Fui constatando que Jesucristo me llenaba cada día más. Irlo conociendo me hizo darme cuenta de su divinidad, pero también descubrí su humanidad, al verlo en cada persona y acontecimiento. Nunca había pensado en serio en ser religiosa, pero en la Semana Santa de aquel año, le pedí a Dios que me hiciera ver qué quería de mí. El Sábado Santo percibí con mucha claridad que Él me llamaba a consagrarle mi vida. Él me fue conquistando poco a poco y ya no pude decirle que no.

Fue muy difícil dejarlo todo, pero volvería a hacerlo una y otra vez y le volvería a decir Sí con tal de tener la dicha de ser de Dios y dedicar mi vida a su servicio. La plenitud y la felicidad con que vivo mi vida  consagrada me han hecho darme cuenta de que en el mundo hay muchas maravillas, pero que la única, verdadera y duradera, es Dios. Ser esposa de Jesús es la vocación más maravillosa del mundo.

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Yo nací en Londres de familia judía. A los 11 años, mis padres me enviaron a estudiar a una escuela católica, regentada por las Madres Bernardas. Un día, una amiga no católica me invitó a ir a visitar la capilla del colegio y, al entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí con una fuerte claridad que allí, en el sagrario, que yo llamaba «caja» (Box), allí estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las dos siguientes iglesias católicas que visité. Entonces, me di cuenta claramente que la Iglesia católica tenía la presencia de Dios y que yo debía hacerme católica y ser religiosa como las Madres de mi colegio.

Cuando comencé mi preparación religiosa católica, en el catecismo había una imagen de Santa Teresita y yo me decidí a ser como ella. Mas tarde leí su Autobiografía, que me emocionó muchísimo. Fui bautizada a los 14 años. Al día siguiente, hice mi primera comunión. Mis padres se convirtieron, se bautizaron y se casaron por la Iglesia cuatro años mas tarde. ¡Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento!

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Nací en una familia cristiana y en un pueblo muy religioso. Llegué a conocer 19 sacerdotes o religiosos, 30 religiosas y 3 consagradas en Institutos seculares. Los sacerdotes del pueblo me fueron llevando progresivamente a vivir una vida de mayor intimidad con Jesús. El toque de gracia lo recibí en unos Ejercicios espirituales que nos dio el sacerdote a las jóvenes de la parroquia. Al explicarnos tan al vivo la Pasión de Jesús, descubrí el gran amor que tiene por cada uno de nosotros. Vislumbré un poco el amor personal que tenía por mí y pensé: No puedo gastar mi vida en cualquier cosa que no sea en agradecer y corresponder a su amor con mi amor.  Desde entonces, quise ser toda de Él e hice mi voto de virginidad a mis 18 años.

En la comunión diaria, sentía que Jesús me decía: Tengo sed de ti, de que seas totalmente mía. Calma mi sed. Al principio, me regalaba muchos consuelos… En los días de las fiestas del pueblo, mientras la música y el baile alegraban el ambiente de la plaza junto a la iglesia, yo estaba sola con Jesús ante el sagrario. Un día, un seminarista me dijo: ¿No te da envidia todo eso de afuera? Y le contesté: Si todos los que están bailando supieran cómo se está aquí, al momento lo dejarían y vendrían aquí.

En el grupo parroquial hicimos comedias. Una de ellas, Amor y sacrificio, me ayudó a irme al convento, pues en ella yo repetía la frase: Señor, sólo por Ti voy a dar este paso, aunque mi corazón está chorreando sangre. Y esto lo repetía yo a solas muchas veces para darme valor. Porque temía lanzarme al vacío, a lo desconocido, y el demonio también me ponía chicos que me pedían relacionarse conmigo.

Al fin, Dios venció y decidí entrar al convento, aunque me costara. Y me fui rebosante de felicidad y alegría, mientras todos quedaban llorando. El día que entré al convento pensé que, al ir a acostarme, tendría que llorar y saqué mi pañuelo para dar rienda suelta a mis lagrimas, pero me dije: No tiene sentido que ahora llore, cuando he conseguido lo que tantos años soñé y deseé. Y me dormí tranquila y feliz.

Y aquí sigo cada día más feliz, queriendo que toda mi vida sea una acción de gracias y que cada acto sea un acto de amor como desagravio por los pecados y por la salvación de las almas. Ser madre de las almas cuesta, pero vale la pena.

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Fragmentos del Libro “La Vocación, un llamamiento de amor” del P. Ángel Peña O.A.R.
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