La Fe Católica

Jesús ama a los pequeños

Jesús ama a los pequeñosJesús amaba de modo especial a los niños y los abrazaba y los bendecía. También amaba de modo especial a los pobres, a los enfermos y a los pecadores. En el Evangelio vemos el comportamiento de Jesús, acogiendo con amor a los enfermos y sanándolos; y buscando como un padre a sus hijos descarriados, porque quería devolverles la paz y la felicidad perdidas.

Pensemos en Jesús. Tiene los ojos llenos de luz de tanto mirar las estrellas y tiene la mirada limpia como la de un niño inocente. Su voz es firme y dulce. Tiene el rostro curtido por el sol y los aires de los caminos. Cubre su cabeza con un turbante para protegerse del sol. Calza sus pies con unas ligeras sandalias. El polvo del camino es su compañero inseparable. No lleva alforja ni bolsa de dinero. Le gusta orar en el silencio de la noche y estar a solas con su Padre celestial. Pero le encanta la compañía de sus apóstoles y de la gente sencilla y humilde. Es un hombre maravilloso que hace milagros para hacer feliz a la gente. Aunque también es implacable con los malos, que hacen daño a los demás como los fariseos.

Jesús es el amigo de todos los sencillos. Un día, le presentan a una mujer cogida en flagrante adulterio y quieren lapidarla de acuerdo a la Ley de Moisés. Jesús la defiende. Jesús la ama tal como es. Él vino a salvar, no a condenar. Ama a esa mujer llena de miedo y también ama a esos hombres que la acusan. Ama al hijo pródigo, cuando regresa sucio y hambriento después de haber pecado tanto, y le tiende la mano y lo abraza y celebra una fiesta para él, diciéndole: Te amo.

Al paralítico de la piscina de Betesda nadie lo amaba, pero Jesús se le acerca y le hace sentir su amor, sanándolo. Aparentemente, Jesús era tan normal y sencillo como cualquiera. Acudía a la sinagoga los sábados o  a las bodas, como en Caná de Galilea (Jn 2), o a los entierros, como al del hijo de la viuda de Naím. En todas partes, repartía amor y alegría. Y con sus palabras daba esperanza a todos y les decía como a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).

Un día, Jesús se encuentra con la mujer samaritana. Una mujer que tenía una historia triste de varios matrimonios. Había tenido cinco maridos y el sexto, con el que vivía, no era su esposo. Jesús ama a la samaritana y quiere hacerla feliz. En ella ve a tantas mujeres y hombres, que han tenido sucesivos divorcios y no han encontrado la felicidad, porque estaban lejos de Dios. Y es a ella, a una pecadora, a quien Jesús le descubre su secreto: Yo soy (el Mesías) el que habla contigo (Jn 4, 26). Y cuántas, como la samaritana, le pueden decir: No tengo marido (Jn 4,17). ¡Cuántos sufrimientos por tantos matrimonios rotos! Y Jesús les puede decir a cada uno: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). Yo soy la felicidad del mundo. Sin mí no podéis ser felices.

Recordemos al joven rico. Tenía mucho dinero y Jesús lo invita a seguirlo, pero él tiene miedo de dejar sus comodidades. Y se fue triste.  Jesús lo miró y  lo amó, dice el Evangelio (Mc 10,21). ¡Con cuánto amor nos mira a cada uno a pesar de nuestros defectos, invitándonos a seguirle, porque Él es el único camino para encontrar la verdadera felicidad!

Lo mismo podemos decir del amor con que Jesús miró y sanó al ciego de nacimiento o al epiléptico o a tantos otros, que habían  perdido la esperanza. Jesús es nuestra esperanza y la esperanza de todos los que son despreciados y rechazados por el mundo en que vivimos, en que sólo cuenta la eficacia y la utilidad de las personas. Por eso, Jesús en las bienaventuranzas nos dice: Bienaventurados los pobres en el espíritu (los que están despegados de las cosas materiales), porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran y los que tienen hambre y sed  de justicia…  Bienaventurados, cuando los insulten y persigan y, con mentira, digan contra ustedes toda clase de mal, alégrense, porque grande será su recompensa en el cielo (Mt 5,11). Estas bienaventuranzas, que son la carta Magna del Evangelio, pueden resumirse diciendo: Bienaventurados todos los que sufren en este mundo, por ser pobres, ancianos, presos, enfermos, abandonados, despreciados, torturados…, porque, si confían en Jesús, serán eternamente felices en el cielo.

Sí, hay esperanza para ellos. Jesús los espera todos los días, especialmente, en la Eucaristía. ¡Cuántas bendiciones pueden recibir ellos y sus familiares, si acuden a visitarlo en este sacramento! Jesús, el amigo que siempre los espera, se sentirá feliz de encontrarse con ellos y de derramar sobre ellos y sus familias abundantes bendiciones. Y ellos descubrirán en la Eucaristía al Dios amor que los ama, los espera y los acepta como son.

Y, después de esta vida, Jesús los estará esperando con los brazos abiertos para hacerlos felices eternamente. Porque la vida no termina con la muerte, sino que la muerte es el comienzo de una vida sin fin. Miremos hacia lo alto, más allá de las estrellas, donde Dios nos espera. La muerte no tiene la última palabra. Por eso decía Tagore:

La muerte no extingue la luz,
sino que únicamente apaga la lámpara,
porque ha llegado la aurora

La muerte será el comienzo de un nuevo amanecer y comenzará la aurora de un nuevo día eterno. Allí todos seremos bien recibidos. Allí, el mismo Jesús nos dará la bienvenida y podremos vivir eternamente en compañía de los santos y ángeles. Allí no habrá minusválidos o enfermos mentales, pues todos serán perfectos e inteligentes y brillaran con la luz de Dios. Hacia ese reino de luz y de amor nos encaminamos a través de los desiertos y sufrimientos de esta vida. Ojalá que, cuando llegue el momento del paso a la eternidad,  nos encuentre Jesús con las lámparas encendidas y el corazón lleno de amor.

Fragmento del Libro “Autoestimadel P. Ángel Peña O.A.R.
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